Yoga no es tanto una serie de asanas, de posiciones corporales o de ejercicios de respiración y de concentración sino un estado, un estado de unión entre el cuerpo y la mente y, aún más, un estado de integración de la totalidad de nuestro ser. La raíz de la palabra yoga, yug, proviene de yugo, unión. Y la práctica del yoga nos encamina hacia esta unión, hacia la no dualidad. Dualidad es una palabra que irá repitiéndose constantemente, pero es que podemos sentir en nosotros diferentes dualidades, empezando por la dualidad o separación entre yo y los otros, siguiendo hacia la dualidad o separación entre la mente y el cuerpo. Sentimos a menudo que tenemos un cuerpo como si se tratara de una posesión más, o como si fuera algo separado de nosotros que cuelga por debajo de nuestra cabeza. A través del yoga dejamos de tener un cuerpo para ser un cuerpo. Lo habitamos, lo sensibilizamos y le devolvemos su dimensión sagrada. Se trata de bajar la atención, situada en la mente y en el discurrir de los pensamientos para establecerla en el cuerpo. Manteniendo la asana sentimos como hemos colocado el cuerpo, los puntos de equilibrio y de tensión corporal, donde tira la musculatura y, por lo tanto, donde debemos llevar la atención y la respiración para soltar dicha tensión, para aflojar el cuerpo, porque solo un cuerpo relajado nos permite flexibilizarlo, estirarlo, proyectarlo… Este sentir el cuerpo nos estabiliza también la mente, que se aleja del discurso mental para fundirse con él. La mente está en cada una de las células de nuestro cuerpo. Relajamos el cuerpo y relajamos la mente, sintiéndonos un todo unificado.

Yoga es el camino hacia esta unión y en ese recorrido podemos diferenciar unos procesos de evolución ya definidos por Patañjali al recoger y estructurar toda la tradición del yoga en los Yoga-Sutra (no se sabe con precisión el siglo en que vivió Patañjali, que puede ir del II a.C. aL V d.C., lo que sí sabemos es que él recoge en su tratado la disciplina yóguica de siglos anteriores).

Patañjali plantea el yoga como un camino de purificación, que se consigue de manera progresiva y continua, lentamente, de nivel a nivel y que recibe el nombre de Ashtanga Yoga. Cuando los ocho niveles del Ashtanga Yoga están establecidos aparece el conocimiento, el discernimiento.

Empezamos el recorrido por nuestra propia conducta, por nuestra ética de vida que son yama –nuestra relación con el mundo- y niyama –nuestra relación con nosotros mismos-. Vivir es estar en relación, relación tanto con el mundo exterior como con el mundo interior y buscamos que esta relación sea armoniosa. La práctica de yama y niyama es imprescindible, es una purificación inseparable del proceso del yogui. Es la base que sustenta el camino posterior, porque practicar yoga sin tener en cuenta como nos relacionamos con el mundo o con nosotros mismos no es más que un sinsentido. Yoga es también un sistema ético que depende de nuestras emociones y nuestra forma de relacionarnos, nuestras acciones deben colaborar con el bienestar del mundo, de los otros seres: coherencia en nuestras acciones, transmisión de paz a nuestro alrededor, contentamiento, aceptación, respeto y sinceridad hacia nosotros mismos y en consecuencia hacia los demás, etc., son frutos de yama y niyama.

Desde esta conciencia trabajamos la práctica de asana. Corporalmente asana es un centramiento del cuerpo en una posición, pero como ya señalábamos al iniciar este capítulo va más allá de una posición tan solo física Una vez situados en la posición debemos tener presente el equilibrio “sthira-sukha”, que significa el equilibrio entre el esfuerzo y el abandono, es decir sentir que nos situamos en el punto intermedio entre el esfuerzo justo para mantener la posición y la comodidad o relajación corporal para abrirnos a los efectos del asana, la posibilidad de relajar la musculatura sin perder la atención. Si hay demasiada tensión o esfuerzo para mantener la posición el cuerpo agarrotado no disfrutará de los beneficios del asana, pero si hay excesiva comodidad será más difícil mantener la actitud de centramiento mental y corporal que conlleva el yoga. Estamos hablando de cuerpo pero no perdemos de vista la actitud mental, ya que el mantener una posición estática durante un determinado espacio de tiempo nos permite también observar como están nuestros pensamientos, sus movimientos, sus discursos o narraciones. Aparece la incomodidad, el cansancio o el aburrimiento pero debemos observar estos pensamientos para ver si realmente no son más que un defensa para huir del instante presente, observar que la mente se cansa antes que el cuerpo y lucha si se siente aprisionada en el presente buscando la evasión. Debemos aplicar entonces el equilibrio “sthira-sukha” antes descrito también a la mente: aflojar, liberar y relativizar los pensamientos y, al mismo tiempo, no huir del momento presente, del trabajo de asana. Debemos buscar equilibrio en el esfuerzo, una práctica inteligente para no ser rígidos sino capaces de adaptarnos y desidentificarnos.

Y siguiendo con el maestro Patañjali “cuando âsana es realizado aparece pranayama”. Pranayama, o alargar la respiración a través de un ritmo y unas retenciones respiratorias, conociendo también la íntima relación entre la respiración y los estado mentales. La respiración pasa de ser automática a consciente al poner la atención en el fluir del aire y nos permite estabilizar la mente. Pranayama al estabilizar la mente nos conducirá a pratyahara: retracción de los sentidos para desconectarse de los estímulos externos. Llevamos los sentidos hacia el interior porque sin pratyahara no hay meditación. Ver directamente sin mezclar elementos del pasado, se trata de la percepción pura sin interferencias. Pratyahara es como el elemento bisagra para dirigirnos a la interiorización, ya que progresivamente pasaremos a dharana (la concentración, la capacidad de dirigir la mente hacia una dirección) y a dhyana (la meditación). La evolución del estado meditativo nos conduce a samadhi (la liberación del sufrimiento) pero es necesario detenerse en cada uno de estos angas (pratyahara, dharana y dhyana) porque son imprescindibles para dicha evolución. Samadhi es la no dualidad de la mente, la no división de la mente consigo misma, es la capacidad de comprender que la separación entre el pensador y el pensamiento que sentimos en meditación es puramente abstracta, es la no fragmentación que aporta la ausencia de identificación. Al desaparecer la identificación y el ego la mente se vuelve transparente, se desactiva. Es el surgir desde la profundidad el estado de conciencia divino, es el conocimiento de nuestra verdadera esencia y, por lo tanto, de su origen.

Este recorrido por los ocho angas de Patañjali nos enseña como el mismo yoga es meditación. No perseguimos solo el trabajo corporal sino la invocación, la presencia en el instante que nos conecta con la naturaleza de nuestro ser. Ver que este proceso que hemos detallado por partes también es un todo integrado, en asana nos instalamos en la postura, en pranayama a través de la respiración damos serenidad a nuestra mente para llevarla al estado de dhyana o meditación. Los ocho niveles del ashtanga yoga de Patañjali son un proceso, un paso a paso hacia el discernimiento, pero los ocho niveles están absolutamente interrelacionados. Yoga es meditación, asana debe ser también una meditación, como también podemos mantener el estado meditativo en yama, es decir, en nuestra relación con lo que nos rodean en nuestra vida cotidiana.

Por otra parte yoga es como un espejo que nos muestra como está nuestro cuerpo y como está nuestra mente, cuando observamos lo que dicho espejo nos refleja debemos aflojar nuestra reactividad, en el sentido de no reaccionar rechazando o identificando, sino aceptar el instante presente y solo contemplar. Contemplar nuestro cuerpo que nos enseña donde están nuestros límites físicos y ver que nuestros límites son los buenos, que no hay límites mejores o peores porque es con los nuestros con los que vamos a evolucionar. Contemplar también los pensamientos como lo que son: un pensamiento, sin identificarnos. La mente purificada por el proceso yóguico se convertirá en un espejo donde poder ver el reflejo de nuestra propia naturaleza.

Al situar el yo en la mente creemos que nosotros somos nuestros pensamientos cuando la mente pertenece a la naturaleza cambiante. La mente tiene una parte funcional y debemos conocerla para que la mente no se convierta en nuestro enemigo sino en nuestra aliada. La mente tiene sus propias funciones. El procesamiento de la información que nos llega a través de los sentidos, la memoria, la imaginación… Recordarnos que cada experiencia es una suma de elementos, un compendio formado por elementos visuales, auditivos, olfativos, gustativos, táctiles y mentales, ya que percibimos el presente a través de las seis puertas de los sentidos: ojos, oídos, nariz, lengua, cuerpo y mente. Percibir la naturaleza real del cuerpo y de la mente, y de los fenómenos físicos y mentales que nos conforman. Ya hemos visto que la mente del yogui es como un espejo que nada aferra ni nada rechaza.

Quizás la parte más difícil de aceptar es nuestra propia sombra. En la psicología analítica de Jung, la “sombra” es el conjunto de modalidades y posibilidades de existencia que el sujeto no quiere reconocer como propias porque las considera negativas –con respecto a los valores que ha codificado-, y que aleja de sí mismo para defender su identidad, pero con el riesgo de paralizar el desarrollo de su personalidad. Comprendiendo que la personalidad (aquello que creemos que somos) se construye como reacción ante el mundo. Sabemos que el ego apuesta por la cara positiva de la vida (éxito, abundancia, placer...) y deja de lado aquello que considera negativo (dolor, fracaso, error, soledad....). Al reprimir o negar la parte que hemos etiquetado como negativa ésta no desaparece, pero la convertimos en inconsciente. Entonces al rechazar en lugar de aceptar lo que consideramos negativo no hacemos más que aumentar el sufrimiento. Debemos entender que la felicidad no reside en nuestra parte más brillante sino en la aceptación de la dualidad de nuestro mundo, en la integración del todo. Yoga es un proceso de desidentificación. El yoga nos muestra que la realidad se puede observar desde diferentes ángulos, nos aporta distancia para poder aceptar la propia realidad y ser capaces entonces de aceptar la realidad del otro.

Con el yoga y con la práctica de la meditación unimos esta fragmentación, buscamos la unión de cuerpo, pensamientos y emociones. Patañjali nos dice que el método consiste en hacer que las actividades de la mente se tranquilicen, calma y atención para llegar al conocimiento, ya que al disminuir la agitación mental podemos comprender las cosas. Si la mente está muy agitada la percepción no es correcta, pero la mayor dificultad es la de diferenciarnos de la mente. Percibimos a través de la mente y ésta como decíamos antes forma parte de la naturaleza que cambia. La mente es como un intermediario al servicio de la conciencia que es pura, si la mente es fluida no deforma la percepción, porque la mente transparente no se interpone y deja pasar la luz. El yoga pretende limpiar las impurezas de la mente para que la percepción sea nítida y real. El camino es a partir de la disciplina y el desapego progresivo. Sin disciplina la mente con sus leyes físicas de inercia vuelve una y otra vez a lo mismo frenando su evolución, pero al hablar de disciplina podemos aplicar de nuevo el concepto de “sthira-sukha”, de nuevo el equilibrio entre el esfuerzo y el abandono, practicar el esfuerzo justo, utilizar el esfuerzo de una manera inteligente. Debemos evitar también caer en la desesperación sintiendo la confianza en el propio proceso, recordarnos el objetivo para concentrar la energía y no dispersarla. Patañjali nos habla de una actitud humilde y paciente para aceptar las dificultades y los errores como parte del aprendizaje, aceptación de la imperfección, aceptación de la situación, incluso cuando sentimos la mente agitada, la ansiedad o el sopor y el cansancio. Esta confianza en el proceso nos aporta energía para la práctica y para llegar a los estados superiores de conciencia, que sin confianza abandonaríamos. Confianza en la pureza y eternidad de purusha (espíritu), confianza en la paz de la propia mente, confianza en las enseñanzas del yoga, porque otras personas antes que nosotros han seguido este proceso.

Los orígenes del yoga se remontan a los Vedas (libros sagrados del hinduismo) que ya nos hablan del ser humano con relación a su sufrimiento, a su existencia. El sufrimiento en mayor o menor medida está en todas partes y en cada uno de nosotros. El Yoga es un proceso de eliminación del sufrimiento y para que disminuya deben disminuir las causas que lo producen. Hay cinco fuentes de sufrimiento que reciben el nombre de kleshas: Avidya, Asmita, Raaga, Dvesa y Abhinivesha. Avidya es la ignorancia y se refiere a la ignorancia de no saber quienes somos, este desconocimiento es lo que nos hace sufrir. Los demás kleshas no son más que derivados de Avidya, derivados de la ignorancia. Asmita es el ego, la falsa identificación, necesitamos saber quienes somos pero mientras no lo conseguimos creamos una falsa realidad que es el ego. Raaga es el apego a la búsqueda de bienestar, el deseo de felicidad a través de la percepción sensorial. Dvesa es la aversión, el rechazo o no-aceptación del sufrimiento, que lo incrementa. Abhinivesha es el miedo, el miedo arraigado en nuestro interior como instinto de protección pero innecesario cuando se obtiene el discernimiento.

Es a través de la práctica del yoga, que purificamos los klesha, no a través de la voluntad ni a través del rechazo o la lucha. La lucha solo nos aportará más resistencia. Para purificar estos cinco obstáculos debemos aplicar el kriya yoga a nuestra vida cotidiana y el kriya yoga está compuesto por tapas (disciplina, práctica), svadyaya (auto indagación) y Ishvara Pranidhana (desprendernos de los frutos de la acción para entregarlos a la fuente).

Hemos hablado de disciplina y en ella encontramos la práctica. Tanto para el yoga como cualquier otra escuela de meditación con la que nos sintamos identificados, la práctica es la base de nuestro crecimiento y no hay posibilidad de substituirla por libros y libros que leamos, ya que no es a través del intelecto que equilibraremos nuestro cuerpo, nuestra mente o nuestro espíritu. Me gusta un texto de Lee Lozowick, que cita Mariana Caplan, donde se nos ofrece una solución al sufrimiento que no reside en la iluminación sino en la propia práctica: “La solución es posible. Hay una solución para el sufrimiento que experimentamos. La respuesta es “práctica”; y la práctica es ahora. Deberíamos pensar: “Necesito practicar. Dios necesita que practique. El universo necesita que practique. El gurú necesita que practique. Yo necesito practicar, quizás más que nadie”. Cultiva la perspectiva de la práctica como solución, no el despertar o la iluminación." (1)

La práctica nos aporta energía pero debe ir unida a la auto indagación, como nos decía Arjuna Peragón a los futuros profesores de yoga, mucha disciplina sin luz es como transformar sin saber el porque, y mucha indagación sin la energía de la práctica solo te puede convertir en un erudito. La enseñanza espiritual no puede ser meramente intelectual pero si es necesaria la auto indagación, el interés por la investigación y el estudio de las enseñanzas. Aunque estar plenamente educado no quiere decir haber leído libros y libros de grandes maestros espirituales sino que es el interés por un estudio profundo, de investigación e interrogación y siempre de enraizamiento en la experiencia personal. Llevar después el conocimiento intelectual a la experiencia cotidiana.

No es posible buscar la eternidad a través del ego. La primera noble verdad del budismo nos dice que todo es sufrimiento y volvemos sobre esta verdad para introducir el siguiente apartado dedicado a esta gran escuela del conocimiento.

(1) MARIANA CAPLAN, A Mitad del camino. La falacia de la iluminación prematura., Ed. Kairós. Pág.257.